Notas de otro martes.

Martes.
Interior, recamara pequeña, sobria.
Me levanté una hora después de lo planeado. El correo de los días hábiles llegó una hora antes de lo habitual.

Copiar, editar, pegar, como ocurre todas las mañanas de lunes a viernes. Quince minutos.

Un buen baño con agua tibia. Nueva botella de espuma para rasurar, me harté de batallar con la anterior, la cual sólo use dos o tres veces.


Exterior, calle.
Caminando, aún semidormido, creo reconocer el rostro de alguien que conocía de vista en Hermosillo. Moreno, estatura mediana, lo recuerdo como periodista.

Interior, café semi lleno.
Tomo una mesa junto a la ventana, como acostumbro.
Pido café y jugo de naranja. La similitud del restaurante café con todos los de su cadena, me hace olvidar por momentos que estoy a miles de kilómetros del lugar en que viví once años. De pronto el acento de un sujeto bravucón, gordo, de traje, me regresa a la Ciudad de México, donde llevo varias semanas y estoy desempleado.

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Sin miedo

En la Ciudad de México es mejor no preguntar y sólo comer. Pedir apuntando con la mano, “me da de eso”. Perder el asco a lo desconocido y disfrutar la variedad de sabores.
¿Vaca, cerdo, mula, rata? No importa si no preguntas.

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